Cuentos de superación: La noche más larga

Quizá fue la falta de riego sanguíneo por estar más atento de mirar las curvas de mis amigas que de escuchar a mi padre lo que me hizo pasar una de las más lamentables de mis noches.

Estuvimos hasta la una de la madrugada hablando de nuestras diferentes maneras de ver ciertos aspectos de la vida, cuando se levantó un inesperado frío invernal el cual me pilló totalmente desprevenido, pactamos volver cada mochuelo a su olivo y reencontrarnos al día siguiente con un clima más agradable.

En los dos minutos que hay de la iglesia a mi casa no tenía ni idea que estaba a punto de comenzar una de mis más duras travesías.

Llegué a la primera puerta de mi casa, una casa humilde con un jardín delantero modesto y uno un poco más grande detrás de la casa. Primer fallo, no cerré la puerta de la entrada lo que me hizo sospechar que al fin y al cabo mi noche no iba a ser de las mejores y joder si tenía razón.

fondo-luna-llena_1048-3124Volví a intentar probar suerte y escalar cual experto en la materia, la pared de cinco metros que me separaba de mi jardín trasero, mientras escalaba pensé lo fácil le resultaría escalar a un ladrón experto cuando lo podía hacer un adolescente, lo que quería hacer con esa escalada nocturna era poder tentar esa noche una vez más a la suerte y ver si mi padre se había dejado la cristalera del salón abierta, pero como había certificado esa noche la suerte no quería saber nada de mi.

Como no, la cristalera estaba cerrada y en el proceso anterior sabía que era un viaje solo de ida, pues no tenía los huevos de intentar bajar, toda la libertad que había experimentado horas antes se desvaneció encerrándome en mi propio jardín. Mi único deseo era poder sentir el placer de poder estirarme en mi mullida cama y poder descansar para el partido que tendría al día siguiente, pero me tuve que conformar con dormir en una tumbona que teníamos en el jardín y resguardarme del frío en mi que cazadora americana y unos cojines que encontré debajo de la dicha tumbona, ahí supe que empezaría una noche muy larga.

Al estirarme en la tumbona los diez primeros minutos estaba mejor de lo que pensaba, no hacía ni frío ni calor era una temperatura aceptable, pero como en el Sahara, en mi pueblo cuando cae la noche las temperaturas caen con ellas y debía buscar una solución si quería dormir algo en aquella noche. Busqué con la mirada algo que me ayudase a solucionar mi problema hasta que encontré un rectángulo del césped artificial que teníamos en el jardín, me levanté sin pensármelo dos veces, sacudí toda la tierra que pude, puse los cojines a modo de aislante para que no entrara frío por las rendijas que había en la tumbona y me envolví en mi manta verde improvisada cual gusano de seda esperando que salga el sol y poder volar hacía el confort de mi cama.

Al fin llegué a mi cama, las seis de la mañana, tras despertar a mi padre con los frutos que caían de los árboles que teníamos en el jardín trasero, arrojándolos contra su ventana, no sabía cómo reaccionaría pues mi padre es un ser bipolar, podría sentirse orgulloso al ver que he solucionado el problema o enfadarse como alma que lleva al diablo y recriminarme el problema que yo mismo había creado. Al tumbarme en mi cama me vinieron toda clase de sentimientos y emociones, pero el más agradable fue el saber que había solucionado el problema con creces y a ver llegado a mi destino sin ningún tipo de accidente mayor. Obviamente sentí unos segundos más tarde frustración por no haber prestado toda la atención que requería la situación y que nada de esto hubiera pasado, pero me alegro de que haya pasado toda esta experiencia pues para mí ha sido muy positiva.

 

Martí Armas (2012)

 

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